El Día de la Madre debería ser todos los días pero, para las familias latinas en los Estados Unidos, las madres son celebradas en más de una ocasión.

En Puerto Rico, Cuba, Chile, Colombia, Ecuador, Honduras y Venezuela, el Día de la Madre se celebra el segundo domingo de mayo, como en Estados Unidos, pero en otros países se celebra en días diferentes.

México, El Salvador y Guatemala lo celebran el 10 de mayo. España lo celebra el primer domingo de mayo, mientras que República Dominicana lo festeja el último domingo del mes.En Paraguay es el 15 de mayo, en Bolivia el 27 de mayo, y en Nicaragua es el 30 de mayo. La celebración también tiende a ser más tarde en el año: Costa Rica celebra el 15 de agosto, Argentina festeja el 17 de octubre y Panamá celebra el 8 de diciembre.

Para algunas madres inmigrantes y figuras maternas latinas, este es un día adicional para compartir historias inspiradoras de tradiciones, amor y empoderamiento.

Aquí hay cuatro historias de resiliencia, tradición y empoderamiento de madres latinas en el área metropolitana de Filadelfia para celebrar el Día de la Madre, sean cuando sea que lo celebre.

Chef de tercera generación

Ligia Richter, de 54 años, no sabía de la semilla que le habían plantado cuando “jugaba” en la panadería de su familia, decorando pasteles, ayudando a hacerlos y trabajando en la caja registradora durante el verano.

Su abuela, María Teresa Lupiac o Mami como la llamaban, hizo queques con mermelada de piña y merengue italiano a principios de la década de 1950 y comenzó a venderlos en la farmacia de su esposo. Cuando su esposo murió, abrió la primera panadería en Honduras, llamada El Hogar en 1959. A partir de entonces, Mami cambió la industria de la pastelería en su país, porque la gente ya no horneaba sus propios pasteles para ocasiones especiales. Ahora tenían un lugar donde comprarlos.

Luego, su madre, Juliana Pineda Lupiac, comenzó a ayudar a Mami en la panadería familiar en la década de 1970. Estudió cada sección de la panadería, desde la estación de lavado de platos hasta las ventas y la entrega, y encontró una manera de crecer la panadería y abrir más tiendas en Tegucigalpa.

Su madre y su abuela fueron (y aunque ambas ya fallecieron, todavía son) heroínas y modelos a seguir de Richter. Recuerda con cariño los churros hondureños de su abuela, un cono de milhojas relleno de crema pastelera; su torta chilena; una masa similar a un alfajor con crema encima; su borracho, un pastel ahogado en alcohol dulce y, por supuesto, las enchiladas de Mami.

“Recuerdo que cocinar era una tradición familiar durante todo el año”, dijo Richter. “En Navidad, todos los que nos conocían se emocionaban mucho porque hacíamos nuestra famosa Trenza Bohemia, que era un pan trenzado con fruta confitada. Solíamos llenar nuestros autos con este pan y queques y se los regalábamos a todos los que conocíamos“.

Incluso cuando su abuela estaba luchando contra el cáncer, ella y Juliana vieron cada adversidad como una oportunidad para dedicarse a El Hogar.

Aunque Richter siempre admiró el trabajo de su madre y su abuela en la panadería, nunca estuvo realmente interesada en cocinar u hornear, solo en comer. Pero a los 20 años de edad, cuando sus padres pudieron enviarla a los Estados Unidos, decidió estudiar artes culinarias en la Restaurant School de Filadelfia.

Richter planeaba aprender los conceptos básicos culinarios y expandir los sabrosos platos de El Hogar. Pero cuando se graduó en 1987, no creía tener suficiente experiencia para regresar a Honduras, por lo que hizo una pasantía en el Hotel Four Seasons para expandir sus habilidades. Allí se enamoró de la cocina francesa, donde ha trabajado como chef durante más de 20 años.

“Siempre me gustó que en Four Seasons, siempre nos alentaron a traer nuestras culturas y tradiciones”, dijo Richter, quien ha creado platos especiales hondureños en el hotel, usando recetas de su madre y su abuela.

Richter trabajaba medio tiempo después de convertirse en madre y luego se tomó un tiempo libre para criar a sus hijos.

En 2013, Richter fundó Chúgar Bakery para mantener el legado de pastelería de su madre y su abuela. Aquí, pudo incorporar su formación de la cocina francesa clásica, agregando sabores hondureños y haciendo recetas familiares. Cerró la panadería en 2019 y regresó a Four Seasons.

Richter dice que está orgullosa de estar de regreso en Four Seasons y de ser la chef de tercera generación de su familia. Espera poder capacitar a la próxima.

Una madre que cocina para ayudar a su familia

Mariana nunca pensó que llegaría a vender comida para ganarse la vida.

La madre de tres se encontró cuidando a sus hijos al mismo tiempo que cuidada de su hermano, quien había sufrido un derrame cerebral en 2018, y a su madre, a quien le operaron tras un diagnóstico de cáncer de útero en 2019.

En los días en que declararon la pandemia en marzo de 2020, su madre decidió poner fin a los tratamientos de quimioterapia y regresar a su estado natal de Puebla, México. Dos meses después, su madre falleció a 24 horas de haber hospitalizado a su esposo, Horacio, enfermo de COVID-19.

“Parece que Dios me ha confundido con otra persona”, dijo Mariana sobre las dificultades que atravesaba. Fue entonces cuando Mariana decidió vender tamales y mole en casa. Los prepara con pollo o carne de res, cada dos semanas.

Los feligreses de su iglesia y otros miembros de la comunidad toman a su puerta para pedir los tamales. Un restaurante de Norristown compran su mole para utilizar en sus platos.

“No esperaba este tipo de apoyo”, dijo. “Parece que no cocino tan mal, ¿verdad?”.

Mariana dijo que aprendió a cocinar tamales y mole cuando era niña, con las abuelitas y señoras mayores que se conocían durante las fiestas y tertulias en Puebla. La mujer de 37 años dijo que cocinar se ha convertido en un espacio para encontrar ahogar las penas y mantener a su familia.

En la cocina, dijo que le encanta la mezcla de colores de los japaleños, chiles, nopales y tomates. También le gusta el sabor del mole con arroz con pollo y enchiladas. Mariana envió a su hermano de regreso a Puebla la semana pasada, donde puede encontrar patios abiertos y más familiares para cuidarlo. Su esposo sigue recuperando de los estragos causados por COVID-19, tras haber sido diagnosticado con el síndrome de Guillain-Barre. Dijo que se siente útil, porque trabaja desde casa en los momentos en que su familia más la necesita.

“Sé que cada uno de nosotros vivirá momentos difíciles en su vida”, dijo. “Para bien o para mal, esto es mío y solo le pido a Dios que me dé fuerzas para seguir cocinando”.

Estas hermanas se unieron a favor de la familia y la cultura

Los años más duros de la maternidad de Zaza Briceño, de 57 años, fueron cuando sus tres hijos tuvieron que huir de Venezuela debido a la crisis humanitaria y económica que afecta a su país de origen desde hace más de 20 años.

“Pasé de vivir con mis hijos a tenerles en una videollamada, e incluso a veces la inestabilidad eléctrica y de internet del país ni siquiera me permitía hacer eso”, dijo. “Tuve que enseñarles por teléfono cómo hacer las recetas que solía hacerles como mis empanadas, mis arepas y mi calentadito, y ahora les estoy enseñando a hacerlas para mis nietos”.

El país que alguna vez le dio un sinfín de oportunidades no pudo ofrecer lo mismo a sus hijos. Se encuentran entre los 5.4 millones de venezolanos que han abandonado el país desde 2015 por la escasez y la inseguridad, según datos de las Naciones Unidas. “Eventualmente no vi un futuro para mí en mi propio país, y también decidí acercarme más a mis hijos y tener un futuro mejor”, dijo Briceño, quien ahora trabaja en una compañía hipotecaria en Delaware y vive con su hermana Margarita Swartz, 59 años.

Swartz se mudó con su familia a Filadelfia en 1988 después de que la secuestraran en Caracas. Años más tarde, se divorció y pudo encontrar un trabajo donde pasar tiempo en casa y cuidar a sus hijos. Se convirtió en una de las agentes inmobiliarias más conocidas de la comunidad latina y venezolana en Filadelfia, y eso también la ha ayudado a compartir sus raíces con sus hijos e hijastros.

Invitaban a amigos a su casa a comer tequeños, arepas, pernil, entre muchas otras especialidades tradicionales, y tocaban música venezolana en su sótano, donde finalmente se fundó Casa de Venezuela Philadelphia.

Briceño y Swartz se inspiraron en su difunta madre, Lía Medina de Briceño, quien dicen que les enseñó todo lo que saben. Su memoria les ayuda a mantener sus raíces venezolanas en su hogar lejos de casa.

Esta madre soltera se empoderó en el negocio de la comida

Después de divorciarse a fines de la década de 1990, Sagrario Germán confió en su quehacer culinario para mantener a su familia. Al criar a sus dos hijas como madre soltera, trabajó dos turnos de restaurante en Washington Heights: uno como mesera durante la noche y el otro como cocinera nocturna en el comedor económico de su madre.

Originaria del municipio costero de Nagua en la República Dominicana, se convirtió en una hábil cocinera mientras trabajaba con su madre, especializándose en platos de mariscos preparados con leche de coco o salsa de ajo, como lo hacen en su provincia natal María Trinidad Sánchez.

“Aunque nunca lo estudié [cocinar], estoy muy orgulloso de lo que he podido hacer en la cocina”, dijo Germán, de 46 años.

En 2008, Germán decidió mudarse a Filadelfia con su familia para abrir un restaurante propio llamado Vivaldi en Fairhill. Desde entonces, Germán ha estado brindando a los clientes la cocina tradicional dominicana: mofongo, pernil, mero empanizado, arroz amarillo con pollo asado y habichuelas, tostones, mangú y más. Su especialidad son los camarones al ajillo.

Germán ha desempeñado todas las áreas de trabajo del restaurante, desde la compra de los insumos hasta los deliveries, con tal de garantizar la calidad de sus platos. Debido a su trabajo en la cocina del restaurante, sus hijas se graduaron de la universidad y ella ha podido brindar oportunidades laborales a otros miembros de su familia.

“Me da tanta tranquilidad pensar que he podido construir esto siendo la cabeza de mi hogar”.

A pesar de tener que cerrar su negocio el año pasado debido a la pandemia, Germán pudo regresar y recuperar lentamente a su clientela y trabajadores. Ahora, ella dice que puede prepararse para su jubilación.

“Después de haber trabajado tan duro: yo, mi madre y toda mi familia, creo que es hora de hacer las cosas con calma”.