Antes de convertirse en una dramaturga ganadora de un premio Pulitzer y de juntarse con Lin-Manuel Miranda para escribir “In the Heights”, Quiara Alegría Hudes se movía entre dos mundos: la cohesionada comunidad boricua de su familia materna en North Philadelphia y, por parte de su padre, su familia judía en la aparente vida idílica de los suburbios de Malvern.

Hudes aprendió a tocar el Nocturno de Chopin en si bemol menor cuando estudiaba en Central High, al mismo tiempo que observaba a su madre practicar los rituales Afrocubanos Lukumí. Esto mismo se encuentra en el corazón de “My Broken Language: A Memoir”; el libro seleccionado este 2022 para One Book, One Philadelphia, la iniciativa de la Free Library que fomenta la lectura. El proyecto está patrocinado por la ciudad y la biblioteca, para animar a los habitantes de Filadelfia a leer un mismo libro y luego conversar en torno a este. Las charlas de esta edición serán tanto presenciales como virtuales.

One Book celebra su 20 aniversario este año y “My Broken Language” es solo el segundo título que ha sido escrito por un residente o nativo de Filadelfia. El primero fue en 2002 y se trataba de “The Price of a Child” escrito por Lorene Cary.

Brittanie Sterner, directora del programa One Book, dice que “My Broken Language” entusiasmó a todo el comité de selección: “Es precioso, lírico y poético”, dijo Sterner. “Y hay tantos momentos en los que los filadelfianos se pueden ver reflejados. Reconocer a tus propias familias y comunidades en la literatura es algo muy poderoso”.

Los filadelfianos adorarán las menciones de Hudes a nuestra ciudad: la ruta 34 del tranvía, el Festival Odunde, los puestos de quesos del mercado italiano, Black Lily, y sí, también la Free Library, están descritos de manera muy bella. Cada capítulo es un ensayo sobre momentos importantes de la vida de Hudes: en el capítulo 7, Hudes descubre, mientras está estudiando en Yale, que su primo no sabe leer. También está el capítulo 33, cuando llega a la dolorosa conclusión de que su padre no respeta las madres solteras y pobres, muchas de las cuales son parte de la familia de Hudes. Estos instantes ilustran la realidad dual que viste el trabajo de la escritora.

Si se lee en orden, “My Broken Language” es una vibrante autobiografía y una deliciosa historia de la entrada a la edad adulta.

“Para mí era importante acabar el libro antes de triunfar”, me dijo Hudes, en una conversación a través de Zoom, desde su casa en la ciudad de Nueva York. “Si sigo avanzando y tengo una obra en Broadway, el libro hubiera tenido una vibra de-la-miseria-a-la-riqueza y esta no era la historia que quería contar. No era la historia de conseguí-espabilándome-sola-el-sueño-americano. Fue un proceso de amor compartido, de luchar juntos. Separándonos unos de otros para volvernos a encontrar después. Quería centrarme en esto: los duros golpes que encontramos en el camino hacia ser mejores personas.

Charlé con Hudes sobre el honor de ser escogida para el One Book y de porqué “My Broken Language” es una carta de amor a su ciudad natal. Estas respuestas han sido editadas para mayor claridad.

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Sobre ser la vigésima seleccionada en el “One Book, One Philadelphia”:

La biblioteca era un santuario en mi adolescencia. Había escuchado acerca del puente Walt Whitman; busqué su nombre en la biblioteca. …Así que ser reconocida formalmente por la biblioteca es muy importante para mí. Cuando tuve otras formas de “fama” como un show en Broadway, los Tony Awards, una película comercial, los entrevistadores me preguntaban: “¿es este tu sueño hecho realidad?” Siendo honesta, no quería parecer desagradecida, pero mi respuesta fue, “en realidad no”. Escribir en sí mismo, la vida dedicada a contar historias, el pulso diario hacía la imaginación y el arte de contar travesuras y las luchas necesarias es el sueño hecho realidad. Pero el One Book, One Philadelphia …es un reconocimiento especial, uno de los más especiales que he recibido. ¿la idea de estar en la bolsa de alguna niña mientras espera la Broad Street line? Es impresionante para mí.

Sobre “My Broken Language” como una carta de amor a Filadelfia:

El libro trata sobre cosas que eran vertiginosas y apasionantes de vivir, como cuando Black Lily pasó por la ciudad. Hablo de artistas callejeros como Adimu Kuumba, que hacía instrumentos de materiales reciclados o encontrados en la basura y organizaba conciertos para los vecinos de West Philly. La joya de lanzar ofrendas como melones desde el South Street Bridge durante el Odunde Festival. Hablo de la red de practicantes de Lukumí que me ofrecieron una educación espiritual cuando era una niña.

También es la crítica de una ciudad que es la cuarta más racialmente segregada de la nación. Creciendo entre los 80 y 90, los medios de comunicación masivos no hablaron demasiado del hecho que el HIV/AIDS estaba afectando mi comunidad — fuimos invisibles tanto en nuestras alegrías como en nuestros apuros. Así que no tenía manera de contextualizar la pérdida en mi alrededor, y perdí gente que amaba. La adición era desacreditada de una manera que hacía sentir a familias y comunidades como parias. No es lo mismo con la adición a los opioides de hoy en día, que es tratada con más tacto y empatía por los medios de comunicación masivos.

Así que sí, es una carta de amor. Pero, también es algo con lo que lucho.

Sobre crecer boricua en Filadelfia:

West Philly era un sitio especial. Al menos la mitad eran Afroamericanos. El resto de nosotros éramos familias de primera generación de multiplicidad de lugares —mis amigos eran afroamericanos, camboyanos, vietnamitas, etíopes, y en mi bloque también había dos Philly Ricans. Había un grupito de hippies blancos en el vecindario. Era un sitio en el que los vecinos se mezclaban y relacionaban y en el que la gentrificación aún no se había apoderado del lugar. Me sentía segura en esta mezcla en la que todos los niños jugábamos juntos en la calle.

North Philly, donde vivía parte de mi familia extendida, era exclusivamente puertorriqueño. Pero claro, entre las comunidades de la diáspora boricua, había tremenda diversidad. Ninguno de nosotros hablaba inglés o español de la misma forma, porque todos habíamos aprendido uno o el otro con diferentes edades. Nuestros acentos eran tan variados como las texturas de nuestros cabellos, el tono de piel, la anchura de nuestros muslos. Fue empoderador crecer en una familia en la que no había un molde uniforme de belleza o lengua madre. ¡Teníamos que ser creativos para hablar entre nosotros! Y usábamos el lenguaje corporal tanto como el lenguaje hablado. Bailábamos. Cocinábamos. Nos sanamos los unos a los otros.

Mi padre vivía en las afueras, al final de la Main Line, y cuando iba a visitarlo los fines de semana, era un espacio segregado muy diferente — suburbio blanco. Yo sabía que si mis primos Pérez caminaban por la calle en Malvern llamarían a la policía, o al menos, los vecinos se mostrarían muy sospechosos.

Crecí atravesando estos espacios diversos y a la vez segregados. No me parecía que cambiaban los códigos, me acostumbré a esta terrible situación.

Sobre la belleza y poder de ser una Latina de North Philadelphia:

No había demasiada naturaleza salvaje en North Philly, así que nuestros cuerpos eran nuestra naturaleza, nuestras parcelas de tierra. [En el libro] describo nuestra gordura, nuestras marcas, el vello corporal, los pechos, no de una manera dura, es una total y completa celebración de los cuerpos de mujer reales que me rodeaban mientras crecía, que eran mucho más interesantes, variados y hermosos que la homogeneidad banal que los que salían en las revistas del supermercado.

En mi amplia familia extendida, había más mujeres que hombres, y esto resultó en la visión que tengo de la vida y la cultura: muy matriarcal. Mi abuela tenía una educación de segundo grado y a la vez era una poderosa confidente de la comunidad. También educó a sus radicales hijas para que escogieran al activismo en frente del ostracismo. Una hija se organizó contra la brutalidad policial y para brindar servicios comunitarios para todos aquellos necesitados, otra fue una enfermera de pediatría y pionera de los jardines comunitarios, y otra una sacerdotisa Lukumí y sanadora chamánica que trabajó en el Capitolio y fue una activista comunitaria.

De las mujeres no se esperaba que fueran educadas, sumisas, o virginales. Todas éramos criaturas desordenadas, complicadas, para las cuales el gozo colectivo importaba tremendamente. Cuando escuché sobre la noción del feminismo blanco de “tenerlo todo” sentí shock y repulsión. El objetivo de tenerlo todo en una nación en la que tantas de nosotras tenemos tan poco… es perturbador. Para las mujeres Pérez, el objetivo era compartir tanto como fuera posible.

Este artículo fue traducido al español por la periodista Laura Calçada Barres.